Queridos diocesanos:
En la vida de la Iglesia hay muchos temas y figuras eclesiales sobre los que resulta necesario “volver” con cierta frecuencia, de manera que no se pierda la conciencia de su importancia, y no se desdibuje o se diluya la imagen del rostro de Cristo que en tales figuras se refleja.
Este domingo, 2 de febrero, como cada año, celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, misterio que en la tradición de la Iglesia y en la piedad de los cristianos va unido al de la “Purificación de Nuestra Señora”, la “Candelaria”, como popularmente se la conoce por las candelas que los fieles llevan en sus manos durante la procesión litúrgica de ese día.
En esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En ella somos invitados a fijar nuestra atención en este modo singular de seguimiento de Cristo; una forma estable de vida caracterizada por la profesión de los consejos evangélicos de pobreza castidad y obediencia, en la que algunos fieles, bajo la acción del Espíritu Santo, buscan seguir más de cerca a Cristo y se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, entregándose por un nuevo título a la gloria de Dios, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consiguiendo así la perfección de la caridad y, convertidos en signo preclaro de la Iglesia, preanunciando la gloria celestial.
Esta larga descripción de lo que significa “vida consagrada” pone de manifestó la riqueza y la belleza extraordinarias de este modo de vida. En él se armonizan bien las dos líneas de fuerza que deben presidir toda vida cristiana: la respuesta generosa y decidida de cada uno a la llamada de Dios a la santidad, vivida en la fiel observancia de los consejos evangélicos, y la colaboración con toda la Iglesia en la tarea de la salvación de todos los hombres. Al mismo tiempo, los consagrados son vivo testimonio de la vida futura.
En la Exhortación Apostólica Postsinodal Vita Consecrata, San Jun Pablo II, para disipar cualquier duda sobre el papel de la vida consagrada en la Iglesia, quiso subrayar que esta se sitúa “en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposos”. No es pues extraño, que también hoy muchos hombres y mujeres se sientan movidos por Dios a adoptar este modo de vida que, a lo largo de los siglos, se muestra como un hontanar inagotable de santidad y de actividad apostólica.
La difusión, de una parte, de criterios, ideales y estilos de vida ajenos, cuando no abiertamente contrarios al Evangelio, y la necesidad de volver la mirada a Cristo para encontrar en su persona y enseñanza la guía segura para todo empeño de renovación de la vida cristiana y de afán por imprimir nuevos bríos a la misión evangelizadora, hacen patente la necesidad del testimonio vibrante, ilusionado y fiel de la vida consagrada, animada siempre por el amor incondicionado a Cristo pobre, casto y obediente.
Al dar sinceras gracias a Dios por la fidelidad de tantos miles y miles de mujeres y hombres que, en la vida consagrada, han entregado sus vidas a Dios y a sus hermanos en el silencio del claustro o en las más variadas formas de la acción apostólica directa, no podemos menos que elevar nuestra oración al cielo, para pedir que siga bendiciendo a su Iglesia con nuevas vocaciones a la vida consagrada.
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